lunes, 6 de abril de 2015

Narrativa fantástica peruana contemporánea (2011) Carlos Herrera, César Silva Santisteban, José Güich & José Donayre







Narrativa fantástica peruana contemporánea
Febrero de 2011


 


Carlos Herrera, César Silva Santisteban, José Güich & José Donayre


 


Carlos Herrera: Todos sabemos que las definiciones de lo fantástico son múltiples.  Algunos lo limitan a un solo sistema que es lo umheimlich o uncanny, lo inquietante, dejando fuera otras dimensiones como lo monstruoso, lo maravilloso, etc. Mi aproximación al tema es mucho más lata e inclusiva, quizás marcado por mi entrada en la literatura. El primer libro serio que leí, quizás el libro que me impulsó a aprender a leer, fue La Odisea, porque en una edición ilustrada vi la imagen de Escila tragándose a los hombres de Ulises sobre el barco. Para saber qué era eso, qué historia albergaba semejante monstruo, había que aprender a leer, tarea que mi abuela asumió, y así leí La Odisea muy temprano, y  desde entonces quedé muy marcado con estas historias de seres fantásticos. De ahí siguió Moby Dick, el Apocalipsis y un largo etcétera de obras de  un tipo de literatura que nos lleva a otros territorios, a otros límites, a la maravilla y el  horror. A lo largo de mi infancia leí mucho y de todo; pero me complacía especialmente  la serie B de literatura: el horror, la ciencia ficción, los cuentos policiales. Los primeros libros que me compré con mi dinero, con las propinas que juntaba, fueron unas antologías que publicaba Bruguera, con títulos muy sugerentes: Las mejores historias de horror, Las mejores historias de ultratumba, Las mejores historias diabólicas,  Las mejores historias siniestras, y así, 14 o 15 tomos de similar  naturaleza. Lo cual no significaba, por cierto, que no leyera, paralelamente,  literatura “seria”. Ese gusto por lo fantástico, por el horror, por la ciencia ficción, apela al hecho de que a todos nos gusta leer historias y nos gusta salir del mundo real.  Mientras más nos aleje del mundo real, más satisfactoria es la lectura, y estos géneros son paradigma de ello. Por otro lado, a  todos nos gusta leer historias bien contadas, y este tipo de literatura tiene una narración muy bien estructurada para llegar siempre a un final sorprendente. Hay, evidentemente, un factor de atracción adicional si quien escribe la historia es un genio. Sin alejarme del género, al entrar a la adolescencia descubrí a los autores latinoamericanos: Horacio Quiroga, Borges, Aura de Carlos Fuentes y sobre todo Cortázar. “Casa tomada”, “Continuidad de los parques”, están entre los mejores cuentos  de la historia de la literatura. Como decía un escritor, cuando uno termina de leer a Cortázar uno inmediatamente quiere ponerse a escribir. Así llega el momento en el que,  un poco para retribuir a estos autores, uno se pone a escribir. En mi caso, el paso a la escritura está marcado también,  de una manera u otra por lo fantástico. Dicho sea de paso, me gusta la invitación a este género de eventos  no sólo porque me siento honrado de que me consideren como un autor fantástico, sino  porque además me recuerdan que,  aunque tenga la pretensión de que mi producción literaria sea más amplia y variada, en realidad está muy marcada por lo fantástico en lo que son sus hitos principales. El primer cuento que hice, cuando estaba en 3ro de media para unos Juegos Florales, era la historia de un perro contada por él mismo, un cuento realmente extraño. El primer cuento que salió publicado cuando tenía 18, 19 años en un diario de circulación nacional, La Crónica, es “Sumidero” y narra la historia del último hombre sobre la tierra, cuando todos han ido despareciendo misteriosamente. Finalmente, el primer cuento que tuvo una distinción literaria importante fue “Morgana”, finalista del Copé de Cuento del año 83, en el cual la protagonista finalmente es, o puede ser, un vampiro. Por todos estos motivos agradezco realmente poder participar en esta mesa. Sobre el método de producción literaria, la inspiración llega de cualquier tema, de cualquier hecho, y cómo uno procesa eso varía mucho, sobre todo por las circunstancias especiales en cada caso. En mi experiencia personal, además, como doy botes por el mundo por mi profesión, mis circunstancias existenciales varían mucho, así que no puedo dar testimonio de un modelo de producción uniforme y persistente. Eso sería todo en esta primera parte. Gracias.  (Aplausos).


 


Cesar Silva Santisteban: Quisiera recordar, Carlos, que las apariencias engañan, y que de ninguna manera creo que, por el hecho de escribir, seamos más competentes que otros en el tema de literatura fantástica. De hecho, nos encontramos aquí gracias a nuestra incompetencia, pues si de alguna forma nos sintiéramos seguros de lo que pensamos y hacemos, estaríamos instalados cómodamente en un solo territorio intelectual, sin movernos. Y escribir significa, creo yo, moverse intelectualmente, cuestionar a la realidad de modo incesante. En tal sentido, es lo que me ha fascinado siempre de la literatura (y también de la filosofía y la medicina, aunque en medicina hay un notorio inconveniente: cuando uno quiere explorar la realidad, los pacientes se quejan y se mueren), puesto que en literatura hay un espacio de irresponsabilidad imaginativa que me ha atraído siempre. No una irresponsabilidad con la forma de los textos y sus significados, es decir, con el lenguaje; no, todo lo contrario, ya que cualquier lenguaje es un poder difícil de controlar y hay que luchar a muerte con él, a la manera del capitán Ahab con la ballena blanca, porque se trata de un coloso que siempre va a intentar nuestra perdición. Por otro lado, en el vínculo con la literatura existe una esperanza que siempre vuelve a renacer con la primera página de un libro, con las relecturas que permiten que otra vez resucitemos la experiencia misteriosa de alguna narración. Se trata de un complejo fenómeno estético de estimulación imaginativa y sensorial… En fin, no sé. Entiendo que sobre esto último no puedo afirmar nada categóricamente, pues lo que digo corresponde a mi intransferible experiencia, y no veo qué pueda interesarles a ustedes de mí, o de lo que piense sobre tal o cual asunto. Recuerdo, al respecto, que un historiador inglés, Thomas B. Macaulay —hoy olvidado injustamente, por lo menos entre nosotros los peruanos—, decía que no solo era una imprudencia sino también una descortesía hablar de uno mismo, ya que únicamente los enamorados o los subalternos podían soportar una cosa semejante. Como no tengo delante de mí a ninguna enamorada, tampoco a ningún sufrido subalterno, y afortunadamente me da mucha vergüenza someterlos a remiendos confesionales, procuraré no hablar de mí. Aunque, bueno…, no sé. También creo que las experiencias propias pueden iluminar otras experiencias ajenas y quizá debido a ello se justifican y tienen éxito las biografías. Es decir: lo que le pasa o le ha pasado a otros puede educarnos, ser una experiencia pedagógica para nosotros. En tal sentido, es la única excusa que tengo ahora para hablar de estos procesos literarios a partir de mi experiencia. ¿Está bien lo que he dicho para iniciar la primera parte de nuestras intervenciones? (Aplausos).


 


José Güich: Buenas tardes a todos. Mi agradecimiento a Elton Honores y a la Casa de la Literatura, en la persona de Agustín Prado, por esta invitación. Compartir la mesa con grandes autores peruanos contemporáneos es emocionante y me honra. Elton nos ha puesto en apuros. Es un tanto impúdico esto de revelar las intimidades del universo personal, y espero encontrarme a la altura conveniente de tal acto.  Hablar de uno mismo genera siempre satisfacción (somos humanos, al fin y al cabo), pero también bastante bochorno, que espero disimular con dignidad. Para ordenar mis ideas, he recurrido, si me permiten, a esta especie de breve guión (manía o deformación profesional). Ustedes juzgarán. Espero que con alguna indulgencia.


 


ESCENA I: ¿POR  QUÉ?


Consciente o inconscientemente, en la mayoría de mis relatos aparecen componentes propios de la tradición fantástica, con deliberadas incursiones en la ciencia ficción, una de sus vertientes; ambas vetas me marcaron inexorablemente desde las primeras lecturas, hace ya demasiadas lunas. Pero no estoy seguro acerca de si soy un ortodoxo o un heterodoxo. En El mascarón de proa, un libro que apareció en 2006, me interesaba explorar múltiples ángulos y posibilidades de hibridación, de mezcla continua. Y eso de algún modo, podría ser el armazón de mi trabajo. Se ha extendido incluso a la novela que me atreví a publicar en 2009, El misterio de la Loma Amarilla, donde esa condición de cruce de géneros es explícita. Como lector, yo me inicié con la literatura policial y de suspenso. Eso explica, en gran medida, mi preferencia por ese tipo de construcciones, que calzan bien con lo extraño y lo insólito. El síntoma fantástico y la ficción-enigma van bien de la mano. Creo que lo fantástico parte de una desestabilización de lo real, y donde mejor cuajó esta idea de que lo cotidiano no era el último refugio del hombre común fue en Argentina. Borges, Cortázar y Bioy Casares demostraron que la misma rutina oculta los componentes de estas fracturas. Hay situaciones insólitas que no se explican por las vías convencionales. Lo fantástico aprovecha esas brechas. Es, finalmente, muy difícil y tortuoso explicar por qué escribimos, y específicamente, por qué escribimos literatura fantástica. Creo que el asunto nace de un deseo, quien sabe soterrado y oculto, de que la realidad sea distinta, y de transformarla. Esto, que parecería una declaración política o ideológica, se produciría en términos de una permanente frustración ante el hecho de que las cosas sean de un modo: que la lógica y la razón nos hayan domesticado tanto que no seamos capaces de vislumbrar otras formas de realidad, otros modos de relacionar al hombre con el tiempo y el espacio. Habría, en el fondo, un acto de rebelión contra los dioses fácticos que pregonan la objetividad y lo mensurable como sus divisas.


 


ESCENA II: ¿QUIÉNES INFLUYEN?


Es una lista muy extensa y a lo mejor interminable (no deseo que se convierta en un alarde de exhibicionismo; tampoco quisiera obviar nombres, pero todos ellos son esenciales para mí). Si se me permite reducirla, pues tienen que figurar Poe, Borges, Cortázar, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Rulfo, Fuentes, Arreola, Monterroso, Del Paso, Adolph,  Quiroga, Rushdie, Vian, Yourcenar, Lovecraft, Chejov, Serling, Maupassant, Ribeyro, Elizondo, Carpentier, Kafka, Valdelomar, Piglia, Tabucchi, Clarke, Asimov, Rabelais, Swift, Sterne, Eloy Martínez, Joyce, Verne, Mann, Chesterton….mil perdones por lo farragoso. Ya en terrenos meramente fantásticos o de la CF (aunque toda literatura ciertamente lo es), quisiera destacar a Arthur C. Clarke. Con este autor, la ciencia ficción alcanzó su madurez artística. Clarke utiliza el género para formular preguntas inéditas hasta ese momento: del entretenimiento puro y escapista, nos instalamos en una dimensión filosófica y conceptual. Es cierto que hay otros escritores que también contribuyen a esa gesta, pero con Clarke experimento una enorme empatía. En segundo lugar, rescato al gran Rod Serling, al que se le suele desvirtuar con el calificativo de “guionista”. Pero en verdad estamos ante un escritor de excepcional talento que llevó la fantasía al centro de la vida de las personas comunes y corrientes. The Twilight Zone (La Dimensión Desconocida) es un hito irrepetible, en el que Serling hace gala de un magistral conocimiento del género. Nada fue igual desde entonces. Y aunque pertenece al espacio de la televisión, muchos de los guiones de Serling son verdaderas piezas de orfebrería.


 


ESCENA III: ¿CUÁL ES EL PROCESO?


Los temas van y vienen. A veces uno accede a ellos por asociación de ideas, como contemplar una calle antigua o un inmueble, una exposición de arte, una paradoja que surge espontáneamente, encuentros con personas singulares, sueños, lecturas….algo siempre conduce a otra cosa. Por ejemplo, un anciano en una ventana que cruza miradas con un peatón, quien acostumbra a cortar camino por esa calle. Si esa situación se hiciera reiterativa, ya habría un relato: en algún momento, ese anciano y el peatón serán el mismo hombre, en diversas etapas de su existencia. Si eso me parece consistente, narrativo, anoto de inmediato el tema; procuro no demorarme demasiado en esa labor. De acuerdo con las circunstancias, escribo de inmediato o aguardo. El verdadero desafío es darle a esa idea embrional un argumento sólido. Me resulta muy cómodo si ya sé cómo terminará; así el trabajo de escritura se agiliza. Pero hay cuentos que se escapan de órbita y terminan ellos mismos tomando el control, guiándonos, imponiendo sus leyes. Después, viene la labor de corrección, no solo del estilo, sino de la lógica interna del relato. Todo debe armonizarse: el fraseo, el ritmo narrativo, los personajes. Y uno debe procurar que las suturas, las remodelaciones, no se perciban. Muchas gracias por la paciencia. (Aplausos).


 


José Donayre: Buenas tardes. Gracias por su presencia. Gracias a Elton Honores por la invitación y a la Casa de la Literatura por acogernos. Para este asunto vergonzoso de hablar sobre uno mismo, voy a dar testimonio sobre una persona que me puso en contacto con el mundo literario: mi abuela Yolanda. A ella le debo mi primera experiencia literaria fantástica. La madre de mi madre vivía en una habitación repleta de libros apolillados que debían de tener muchos años. La mayoría, volúmenes de la década de 1940, en papel de pulpa… Yo no sabía leer y lo que hacía mi abuela era contarme lo que leía. Tenía dotes histriónicas. Usaba dientes postizos y cuando me contaba la historia de Drácula no sé qué hacía con su plancha y yo decía “Ahí están los colmillos” (risas). Eso sí que era impresionante. Además, vivíamos en una casa muy antigua, los cuartos eran contiguos, conectados unos con otros mediante puertas laterales. Había cinco o seis habitaciones que se comunicaban entre sí… Una de estas puertas estaba clausurada. Años después, cuando vi El bebé de Rosemary, advertí el parecido entre esa puerta de mi casa y la famosa puerta del filme… Mi cuarto estaba al lado del de mi abuela y, por tanto, comunicados. Y cuando mis padres salían, ella nos cuidaba y hacía todo un show tétrico alucinante, cuando pasaba de su habitación a la mía. Esto me marca considerablemente. Mi abuela muere en 1984, que es más o menos el año en que empecé a escribir. Hasta cierto punto me sentí culpable por la muerte de mi abuela, pero esa es otra historia, una que talvez cuente algún día. Quizá, de algún modo, escriba para ella, para retribuirle, para retornarle esas historias que determinaron mis fantasías de niño, llenándome de innumerables noches maravillosas. Mi libro preferido era Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais, con ilustraciones de Doré. La escena que más me gustaba y que me ha marcado era la de Gargantúa, con un tenedor gigante, atravesando curas para comérselos. Mi abuela decía: “Son salchichas, en realidad” (risas)… Lo que tengo de “comecuras” seguramente viene de esa época. Mi abuela era una mujer maravillosa, una narradora oral de primera, encantadora y terrible también. Ella es mi raíz literaria. Y he hablado de mí desde ella. Escribo por ella y escribo mejor de lo que hablo. De algún modo, de eso vivo y no me quejo. Escribo más por pedido que por otra cosa. Y es un trabajo que requiere de mucha disciplina. Siento que cada vez escribo menos, pero lo poco que escribo me satisface más (Aplausos).


 


Elton Honores: Pasamos a la siguiente ronda ya anticipada por mail. Nos interesa conocer cuál es el punto de vista que tiene cada uno de ustedes sobre la narrativa fantástica en el Perú… invertiremos el orden y empezará José Donayre…


 


José Donayre: (Risas) Felizmente sí hice mi tarea (risas). Elton, hace cuatro o cinco semanas nos envío un correo electrónico señalando algunos puntos... Y en esta etapa hay que hacer una reflexión, en general, sobre la narrativa fantástica en el Perú. Voy a enumerar y a comentar, sin mucho rigor, los libros que he leído desde 2008 y que tienen que ver con la literatura fantástica. En el caso de las colecciones de cuentos, varios libros combinan ficción realista con ficción fantástica. Me parece genial porque eso de las etiquetas de autor fantástico o realista es una tontería. Casi todos los escritores escriben una cosa y otra. Más bien es el mercado el que lleva a uno a publicar cuentos realistas o fantásticos. La mayoría patea con las dos piernas, en el buen sentido del término (risas). Eso me pasa a mí de algún modo. De lo que he leído, quizá se me escape alguna lectura, diría que hay una producción fantástica buena, en cuanto calidad y cantidad. Hablamos de muchos títulos interesantes, que tienen cierto cuidado editorial, en los que se aprecia el esfuerzo y la dedicación. Así, tenemos Los espectros nacionales y El misterio de la loma amarilla de mi tocayo José Güich (risas), ambos libros son muy consistentes y maduros. El misterio de la loma amarilla es una obra extraordinaria, tiene un registro realista claro, y todo se vuelve desde lo fantástico (ciencia ficción). Uno que cree que hay una trampa, que de pronto el protagonista se cae de la cama y despierta, pero no ocurre eso. Además, es divertido porque aparecen Raúl Porras Barrenechea y Luis Alberto Sánchez… En la Bienal de Cuento del Premio Copé 2008 ganó un cuento fantástico: «El relámpago inmóvil» de Pedro Ugarte, relato que le da nombre al conjunto de textos ganadores y finalistas de esa edición. Que el jurado de este certamen haya elegido un cuento fantástico me parece increíble... Otro libro que me llama la atención es 999 palabras para el planeta Tierra de Enrique Congrains, quien junto con Ribeyro, es un escritor que inaugura el realismo urbano en la década de 1950 y cincuenta años después publica una novela de ciencia ficción. Él siempre lo negó: “No es de ciencia ficción, pues esta es el 1%”, pero ese 1% es una nave alienígena que llega al desierto de Ica y eso es suficiente... Batallas perdidas es un gran libro de Alfredo Dammert que combina lo fantástico con lo realista. Es el primer libro de un autor ya mayor… El círculo Blum de Lucho Zúñiga... Tan cerca de la vida de Santiago Roncagliolo es un thriller, pero también presenta elementos de ciencia ficción que se mezclan con cierto onirismo fantástico... La cacería de Orson de José Gabriel Ortega presenta textos interesantes: aparecen fantasmas, aunque el tema es otro —el vínculo profesor-discípulos—, pero el libro explora con cierto énfasis lo fantástico… Adiós, Guernica de Julio César Vega no es una novela fantástica, pero sí onírica, un libro fantasioso, pero sobre todo insólito... Otra vida para Doris Kaplan de Alina Gadea es un libro extraño que combina lo onírico con lo fantástico. Es la afirmación de un fantasma. Una manera inteligente de mostrar la guerra interna... Cortometrajes de Yuri Vásquez combina cuentos fantásticos con realistas… Peruanos ilustres de Alejandro Neyra presenta partes jocosas con fantásticas… Una novela increíble, graciosa e inteligente es El Führer de niebla de Luis Freire: en Chaclacayo, consiguen invocar los ectoplasmas de Adolfo Hitler y su perrito, un pastor alemán racista (risas)... Una novela divertida, supuestamente fantástica, que en sus primeras páginas es realista hasta que da un giro fantástico y uno se pregunta si continuará esa lógica de lo imposible que quiebra nuestra noción de realidad, pero no hay trampa: de verdad se trata del ectoplasma, lo que pasa es que Hitler quería conquistar el reino de ultratumba… A pedir de boca de Percy Galindo es una novela que ganó un premio de novela juvenil. En esta historia no queda claro lo fantástico, aunque buena parte del meollo del libro es fantástico. El asunto resulta medio ambivalente al final... En La novia de Corinto de Carlos Calderón Fajardo, la vampira Sarah Ellen se reencarna en una de las esposas de Abimael Guzmán. Un libro fuerte, doloroso y sanguinario. Y hay antologías: 17 fantásticos cuentos peruanos y La estirpe del ensueño, entre otras. Mañana tendré el gusto de presentar una antología de vampiros en el contexto de este Congreso, Los que moran en las sombras, hecha por Gonzalo Portals y Elton Honores, en donde aparece —y esto es un gran aporte de este libro que recomiendo— una novela corta titulada El castillo de los Bankheil, de un autor desconocido para mí: Alejandro de la Jara Saco Lanfranco. Es una nouvelle que se publicó en argentina en la década de 1940. Extraordinaria. Me gustó más que Drácula de Bram Stoker. Todo esto que he comentado rápidamente, de alguna manera grafica que la literatura fantástica peruana va por buen camino en nuestro país, y no se trata de inventar una tradición, estamos hablando de textos muy buenos y consistentes. No estamos refiriendo una literatura de segunda, para nada. Sucede que estos textos no tienen difusión, no están en el circuito comercial. Salvo la novela de Roncagliolo, que ha sido publicada por Alfaguara, son textos que se defienden muy bien, pero que son difíciles de hallar. (Aplausos).


 


José Güich: No he preparado nada en particular. Ya los dioses me castigarán como debe ser. Pero por ahora le agradezco a mi querido tocayo. Creo que es un momento muy interesante, sobre todo para aquellos escritores que tenemos  cierta edad, por no decir otra cosa, aquellos que frisamos el medio siglo y a mucha honra. Noto una explosión creativa, imaginativa, en estos instantes. Al margen del fenómeno de las editoriales que Pepe mencionaba, muchas de ellas apuestan por autores que cultivan estos géneros ya no tan ancilares, no tan periféricos, quizás nunca lo fueron realmente.  Es un diálogo antiguo que mantengo con mi querido amigo Elton, y creo que él va ganando en el diálogo con mucha habilidad. Efectivamente estamos en un instante en el que muchos escritores jóvenes con talento, con pasión, empiezan a mirar estos mundos a estos territorios que quizás siempre estuvieron presentes en nuestra narrativa. Pienso en los referentes fundamentales, Clemente Palma, Valdelomar, en nuestro gran José B. Adolph, alemán de nacimiento pero peruano de corazón, que desapareció hace unos tres años, quien se ha convertido un poco como en el jefe de la narrativa peruana moderna. Es un escritor bisagra, punto de encuentro de diversas generaciones y que abrió una línea importante. Creo que muchos autores que cultivan lo fantástico, sobre todo los jóvenes han bebido de estas fuentes. Uno hojea un libro como El retorno de Aladino o los Cuentos del relojero abominable   y descubre a un autor tan actual, visionario, cuya ironía descubre una gran preocupación por lo contemporáneo  y la vida de la sociedad que hemos forjado. La tecnología –los jóvenes son muy diestros– ha permitido que muchos textos puedan ser difundidos a través de estos nuevos soportes… Creo que no hay que satanizar, internet, los blogs, son extraordinarios medios de difusión y de acceso al conocimiento, como toda tecnología tendrán rasgos no tan positivos, de hecho algunos son deplorables –internet se usa para el insulto anónimo, promover genocidios, delitos. Sin embargo al margen de ello, creo que ese espacio ha sido fundamental para que hoy estemos gratamente celebrando la emergencia, el ascenso de una generación de jóvenes que sin ningún problema practican esas escrituras: los géneros que el sistema oficial negó o no quiso apreciar en su verdadera dimensión. Dentro de esta situación de emergencia –en el buen sentido–, de ascenso hay una consolidación importante, sobre todo porque veo escritores con una gran capacidad para el trabajo, una gran disciplina y no en ese punto intermedio del “figuretismo”, sino que realmente trabajan y tienen  un proyecto una visión y saben lo que quieren hacer. Saben que lo fantástico es un lenguaje, un medio de expresión y no tienen ningún problema en aceptarlo, aunque ese riesgo sea –como mencionaba Pepe– la etiqueta. Hay escritores, mundos, territorios por descubrir y eso para la literatura peruana es algo realmente alentador. Gracias (Aplausos).


 


César Silva Santisteban: Ustedes saben que he estado fuera del país durante muchos años. Llegué apenas hace cinco meses. Por otro lado, hace un par de años que no escribo; entonces, me pregunto ¿cómo puede definirse a César Silva Santisteban como un escritor? ¿Con qué criterio se justifica llamarme así? No lo sé. Como fuera, lo que sí siento —antes de venir acá me estuve preguntando ¿se escribe en literatura fantástica en nuestro país?— es que en todas partes hay una necesidad de producir artefactos verbales, narrativos, iconográficos, y que esta necesidad adquiere el matiz de los temperamentos, que se fijan instintivamente en algo que puede llamarse fantástico o realista. De manera que para mucha gente resulta inevitable escribir algo fantástico. Pienso, además, que realidad misma —en las calles, en las casas, en mar, aire o tierra—  siempre nos asalta y nos desconcierta con algo que creíamos imposible. Y lo digo precisamente porque soy agnóstico sin fe, o con esa gran fe de que Dios no exista, porque si así fuera me parecería una inmoralidad su existencia. Por lo mismo, siento lo fantástico en la religiosidad, o que la religiosidad pertenece a un subconjunto de la realidad que denominamos fantástico. Mejor dicho, si lo poquísimo que conocemos puede entenderse como cierta porción de un conjunto tal vez infinito llamado realidad, entonces lo fantástico pertenece también a la realidad, al igual que lo religioso. Pues creo que, para nosotros los humanos, cada cosa es un artificio cultural, que a su vez es un estanco de la realidad. Por ejemplo, si hablamos del cáncer nos movemos en un estanco repleto de conceptos académicos y de supersticiones religiosas, y comúnmente los médicos se inclinarán a pensar más con las ideas científicas, en tanto que los que no son médicos, con las ideas mágico-religiosas. Al respecto, tengo una anécdota. La conté en el Centro Antonio Cornejo Polar, ya que me pareció un caso de lo que suponemos fantástico. Cuando llegué después de muchos años a Lima, me hospedé en casa de mi hermana. Un buen día, mi hermana cayó enferma y, como es muy amigable y afectuosa, naturalmente recibió muchas visitas de cortesía. Pues bien, en una de sus tardes de convalecencia llegué de compras y, de pronto, me topé en la casa con una señorita que estaba regalando a mi hermana agua bendita en un frasquito que tenía la figura de la Virgen María, y debajo de esta, la fecha de caducidad (Risas). Todos también se rieron cuando lo dije entonces. De acuerdo, pero ¿cómo leemos tal experiencia? ¿Podemos leerla como un suceso realista o como un suceso fantástico? Supongo que depende de dónde ubiquemos nuestra perspectiva intelectual, es decir, depende de nuestro punto de vista, del puñado de ciertas teorías que explican ciertas experiencias. Y no olvidemos que nuestras teorías constantemente nos provocan sorpresas, ya que la realidad tiende a contradecirlas o torcerles el cuello. Además, el énfasis que pongamos en la interpretación de un suceso trasforma, a lo mejor inconscientemente, un texto realista y lo hace fantástico, o al revés… Pero, en fin, volviendo a la narrativa peruana contemporánea, confío en todo lo que nos ha informado Pepe Donayre debe ser cierto (Risas), de que existe la narrativa fantástica peruana y contemporánea, de que esta no es una invención de José Donayre. Por lo demás, sería lindo una lista inventada de autores peruanos de literatura fantástica (Risas). Sería maravilloso. En cualquier caso, podría apostar mi brazo izquierdo de que más del 50% del público que está aquí escribe, y que posiblemente escribe literatura fantástica; de lo contrario, la mayoría de ustedes no estaría presente. Sabemos que escribir literatura en el Perú —como en muchísimas otras partes del mundo— es una actividad minoritaria, tan minoritaria que podríamos decir que quienes la practican forman un grupo imaginario. Y quizá de esta manera podamos justificar el presente conversatorio. Pues este tipo de reuniones trata de reforzar la autoestima de cada uno de nosotros, gente imaginaria, y darnos el suficiente estímulo para poder decir: “Hay alguien que escucha, alguien que puede leer lo que hacemos”. En tal sentido, insisto: sí, puedo creer a José Donayre y a su generosa lista de autores peruanos. (Aplausos).


 


Carlos Herrera: Debería limitarme a decir que estoy totalmente de acuerdo con César y dejarlo ahí. Por los motivos laborales explicados, he estado ausente del país por años; regresé hace tres meses, así que mi conocimiento de lo que se escribe y publica en el Perú es seguramente parcial e insuficiente. Sé, sin embargo, que en lo fantástico está la antología monumental de Gonzalo Portals y la antología de vampiros a presentarse, cuando parecería inusitado que existiera una antología peruana de vampiros. Esto me recuerda la famosa querella entre criollos y andinos en el Congreso de Madrid del 2005, que fue muy ridícula e inflada por los medios, cuando la cosa allá fue mucho más civilizada. Es indudable que la perspectiva que abre lo fantástico es mirar la realidad desde otro territorio. En ese Congreso presenté una ponencia basada en el cubo de Rubik. Una modelización multidimensional de la literatura peruana, justamente para no caer en estas dicotomías absurdas y reducidoras. Cada lado del cubo representaba una dimensión de la literatura: la realidad, la forma literaria, lo colectivo, lo individual, el espacio y el tiempo. Cada cubito que integra el cubo mayor permite todas las combinaciones posibles. Lo fantástico, en ese modelo que presenté, era la combinación de la forma literaria con un espacio colectivo alejado de la realidad. Pero lo fantástico en realidad puede encontrarse asociado en un sinfín de combinaciones, hasta las más insólitas. Recuerdo haber leído hace muchos años un cuento que era ejemplo de un fantástico social. Ubicado en los años 50, es un cuento en el que los indios del Perú comienzan a marchar hacia la capital;  es una máquina silenciosa, una especie de revolución pacífica silenciosa pero que va transformando todo a su camino. La frase final del cuento era algo así como: “El presidente del Perú era ahora un indio”. Para volver al tema, he leído algunos de los libros mencionados, pero no tantos que me autoricen a hacer una lista. He leído a Alejandro Neyra, su libro Peruanos Ilustres es muy gracioso e imaginativo.  Está el libro de Ezio Neyra, de bello título: Habrá que hacer algo mientras tanto.  Está el cuento de Juan Manuel Robles “Huancaína Freak”,  que ganó un concurso de Matalamanga. Se ambienta en una ciudad muy rara en donde todo el mundo se ha dedicado a la gastronomía; en realidad se ha instalado una dictadura de la gastronomía y cualquiera que no esté metido en este circuito es un paria, como el protagonista del cuento, que es hijo del cocinero más famoso del país.  Cualquier parecido con las circunstancias son meras coincidencias… Podría terminar diciendo: larga vida a lo fantástico y que todas sus cabezas, como las de Escila, nos sigan devorando (Aplausos).